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Una constructora quiere ser dueña de los chips españoles. Y la clave está en el software.

ACS negocia entrar como accionista mayoritario en Openchip, la mayor startup española de semiconductores. Detrás de la operación, hay una historia de software.

$ por Francisco G-M López ·

Foto de primer plano detallada de una placa de circuito que destaca los componentes del microchip y los circuitos electrónicos. img://ping
Foto de Pixabay en Pexels

El 13 de julio saltó la noticia: ACS —sí, la constructora de Florentino Pérez, la de las autopistas y el Bernabéu— negocia entrar como accionista mayoritario en Openchip, la mayor startup española de diseño de chips. Lo adelantó El Confidencial y lo confirmó EFE con fuentes de mercado; ACS, de momento, no hace comentarios. El titular es financiero: una jugada de poder empresarial. Pero por debajo hay una historia de software, y es la que quiero desenredar aquí.

Qué es Openchip, y por qué ”& Software Technologies”

Empecemos por el nombre completo, que ya avisa: Openchip & Software Technologies. No es “Openchip Semiconductors” ni “Openchip Microelectronics”. El software está en la razón social, y no por casualidad.

Openchip nació en 2021 en Barcelona como iniciativa del grupo de ingeniería GTD y del Barcelona Supercomputing Center — el BSC, que opera el MareNostrum y es, antes que una casa de hardware, una de las mayores concentraciones de talento de software de supercomputación de Europa. La empresa diseña aceleradores de alto rendimiento y eficiencia energética para IA, HPC y centros de datos, opera en modelo fabless (diseña los chips y externaliza la fabricación a foundries), tiene unos 300 empleados y está dirigida por Francesc Guim. La Comisión Europea la seleccionó como IPCEI, proyecto estratégico de interés común europeo en microelectrónica.

Y toma una decisión técnica que lo cambia todo: sus chips se basan en RISC-V.

RISC-V: el “código abierto” del silicio

RISC-V (se pronuncia “risc five”) es una arquitectura de conjunto de instrucciones abierta. Para entender por qué eso importa tanto, conviene saber contra qué compite.

El conjunto de instrucciones —el ISA— es el idioma en el que el software le habla al procesador: el contrato entre el código y el silicio. Durante décadas ese idioma ha sido propiedad privada. La arquitectura x86 que mueve tu portátil es de Intel y AMD; la arquitectura ARM que mueve tu móvil pertenece a ARM Holdings, que cobra licencia por usarla. Diseñar un chip ha significado, siempre, pedir permiso y pagar peaje a un dueño.

RISC-V rompe eso: el conjunto de instrucciones es abierto y libre, como lo es Linux frente a Windows. Cualquiera puede diseñar un procesador RISC-V sin licenciar el ISA a nadie. Para un país o un continente que habla de soberanía tecnológica, la diferencia es de fondo: construir tu industria de chips sobre ARM es construirla sobre terreno alquilado; construirla sobre RISC-V es construirla sobre terreno común. No es casual que Openchip haya elegido precisamente esa vía, ni que Europa la impulse.

Pero —y este es el matiz que da rigor a la historia— abierto no es gratis en esfuerzo. Un ISA abierto te da el derecho a construir; no te da el ecosistema. Y ahí es donde el software deja de ser un detalle del nombre y pasa a ser el campo de batalla real.

Por qué un chip sin software es un pisapapeles caro

Se puede diseñar el acelerador más elegante del mundo, pero si un desarrollador no puede compilar su código para él con facilidad, no sirve para nada. Entre el silicio y la aplicación hay una torre de software que hay que construir entera: el compilador que traduce el código a las instrucciones del chip, las bibliotecas matemáticas optimizadas, los drivers, el soporte en los frameworks de IA que la gente ya usa. Esa torre es años de trabajo, y es exactamente lo que ha convertido a Nvidia en lo que es: su foso defensivo no es solo la GPU, es CUDA — la capa de software que lleva casi dos décadas madurando y que hace que su hardware sea el fácil de programar.

La ventaja histórica de Openchip para levantar esa torre es su origen: el BSC no diseña un chip y busca luego quién lo programe; vive de programar supercomputadores. Nace, en teoría, con el músculo de software que a un fabricante de hardware puro le costaría una década adquirir. Si algo puede hacer competitivo a un acelerador RISC-V europeo, la apuesta razonable es que sea la capa de software, no los transistores. Los transistores los fabrica cualquier foundry asiática; el ecosistema no se subcontrata.

Entonces, ¿qué pinta una constructora aquí?

La pregunta legítima. La respuesta corta: ACS ya no quiere ser solo una constructora. En mayo levantó cerca de 1.800 millones de euros en una ampliación cuyo destino declarado incluía, literalmente, centros de datos e “instalaciones de semiconductores”; el mercado la revaloriza desde entonces como plataforma de infraestructura digital con exposición a IA, datos y chips. Comprar la mayoría de Openchip encajaría esa narrativa: quien construye los centros de datos querría también diseñar los chips que van dentro.

Y hay una segunda capa, más grande, que contextualiza el movimiento: a comienzos de julio, Pedro Sánchez y ejecutivos de ACS, Telefónica y Santander se reunieron en Moncloa para impulsar un consorcio público-privado que aspira a levantar la primera gigafactoría de IA de España, un proyecto de cerca de 5.000 millones donde ACS tendría un 15,67% —el mismo porcentaje que Telefónica y Santander— junto al Estado (casi el 48%) y la Generalitat. Openchip no es una apuesta suelta: es una pieza de un tablero donde el capital privado español y el Estado están, por una vez, remando en la misma dirección sobre infraestructura digital.

La lectura, declarada como tal

Mi lectura —y es una lectura, no un veredicto— es que lo más interesante de esta operación no es quién acaba mandando en Openchip, sino lo que revela: España está intentando construir una pila tecnológica propia de arriba abajo, desde el chip hasta el centro de datos, y lo está haciendo sobre estándares abiertos (RISC-V) y con dinero mitad público mitad privado. Es un modelo distinto al de comprar la tecnología ya hecha en California, y merece seguirse sin fervor patriótico ni cinismo automático.

Lo que sí conviene vigilar: que una constructora controle una joya tecnológica nacida de la investigación pública abre preguntas razonables sobre gobernanza, sobre si la lógica de infraestructura de un grupo del IBEX encaja con un proyecto de I+D de ciclo largo, y sobre qué pasa con el carácter abierto del proyecto cuando el accionista mayoritario responde ante los mercados. No son objeciones, son las preguntas que quedan abiertas mientras se cuentan los millones.

De momento, quédate con esto: la próxima vez que alguien diga que en España no se hacen chips, la respuesta es que sí, que se diseñan en Barcelona, que corren sobre un estándar abierto y que su batalla de fondo no se libra en la fábrica sino en el compilador.

$ lscpu | grep -i "arquitectura"
proyecto: Openchip (BSC + GTD, 2021) · RISC-V, fabless
pretendiente: ACS — de las autopistas a los aceleradores
tesis: el foso no es el silicio, es el software (pregunta a Nvidia)
estado: negociación · confirmado por EFE, adelantado por El Confidencial